El patrimonio arquitectónico español posee una riquísima representación de recubrimientos rígidos modulares, especialmente baldosas cerámicas, que se extiende desde el siglo X hasta nuestros días. Una parte importante de ese patrimonio cerámico de nuestra arquitectura, en especial alicatados y cubiertas de teja vidriada, ha soportado con dignidad el paso del tiempo, sin desprendimientos o pérdida de sus atributos formales.
Se trata de arquitecturas que se edificaron en largos períodos de ejecución y, en consecuencia, los recubrimientos cerámicos se asentaban sobre soportes de una asegurada estabilidad. Las superficies de colocación eran también estables y compatibles con el mortero de cal que, a su vez, a través de composiciones experimentadas por los Maestros Alarifes con las mejores arenas de aluvión, daba adherencia y una cierta deformabilidad al sistema. La adherencia ha sido siempre de tipo mecánico, con una superficie de colocación texturada y porosa, y unas baldosas cerámicas también porosas (con capacidad de absorción de agua superior al 12%) y reverso texturado (conformación manual en estado plástico). Además, el formato de la baldosa pocas veces ha superado los 625 cm
2 hasta bien avanzado el siglo XX, con lo que las tensiones de cizalladura en la unión adhesiva eran reducidas.
En los solados, la
colocación al tendido se remonta a la noche de los tiempos, incluso previendo el drenaje y la contención del remonte de humedad a base de escombros de cerámica, en solerías a ras de suelo o espacios en contacto con el exterior, especialmente en claustros. Se trataba de una pavimentación flotante que, aun con deformaciones, tenía un buen comportamiento incluso sobre forjados apoyados en vigas de madera.
Desde la progresiva difusión de la patente de Aspin (Portland, R. Unido, 1824), la formulación de hormigones y morteros desaloja la cal como aglomerante, sustituyéndola por el cemento industrial. Se gana en resistencia mecánica en general y especialmente a la compresión, pero se incrementa la rigidez del sistema. Su mejor comportamiento frente al agua y la humedad contribuye asimismo a la sustitución.
Por otra parte, la edificación evolucionó también hacia métodos constructivos industriales que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, se complementan con la adopción de nuevos materiales. Esta evolución trae consigo la progresiva reducción de los tiempos de entrega a fase de acabados hasta desembocar en estructuras y elementos constructivos de elevada inestabilidad dimensional, bien por las características intrínsecas de los materiales, bien por no haberse completado el proceso de hidratación de los conglomerados de cemento.
Por último, la oferta de baldosas cerámicas ha tendido en las últimas décadas hacia productos de baja capacidad de absorción de agua (hasta llegar a porosidades abiertas de 0,05%) y a grandes formatos (3600 cm
2 ó más) que se pretenden instalar por adherencia directa
La suma de los puntos anteriores [rigidez del adhesivo + inestabilidad de los soportes + decremento de la adherencia mecánica + incremento de las tensiones de cizalladura] ha reducido drásticamente los márgenes de fiabilidad de la colocación tradicional hasta hacerla inviable en un buen número de recubrimientos.
Comentamos en primer lugar la rigidez del mortero de cemento. La cohesión interna se alcanza con la formación de silicato cálcico hidratado, con la presencia de hidróxido cálcico que se une a aquél mediante las débiles fuerzas electrostáticas de Van der Waals. El proceso de hidratación es prolongado en el tiempo aunque, en condiciones normales de disponibilidad de agua, se completa en su mayor parte en las primeras cuatro semanas.