INTRODUCCIÓN
Cinco años han pasado desde que terminé el primer borrador de este libro. Algo más de ocho desde la "Lectura dibujada del primer manuscrito de López de Arenas", aunque aún habían de pasar tres más hasta su publicación.
Antes de analizar los textos de López de Arenas, poco o nada conocía de la carpintería de lacería, y ante su primer manuscrito adopté la postura de seguir en dicha ignorancia, con lo que pretendía evitar interpretaciones subjetivas de sus explicaciones. Es evidente que un conocimiento parcial de la técnica de la carpintería de lazo podía haberme inducido a generalizar sobre ejemplos vistos, y justificar así la búsqueda de conclusiones que explicaran las crípticas palabras de López de Arenas, sin ahondar en su exacto sentido.
El manuscrito de Fray Andrés, por el contrario, llegó a mis manos con el texto sevillano ya entendido, y después de haber intervenido en más de un centenar de armaduras o techumbres de distintos tipos. Ya no podía evitar mi subjetividad al intentar interpretarlo. Por el contrario, se convertía en un valioso elemento de contraste que me permitiría confirmar o rechazar lo que López de Arenas me había enseñado a través de sus palabras.
En este sentido, el manuscrito de Fray Andrés tiene un tremendo valor, especialmente por un par de circunstancias: en primer lugar, el hecho de escribirse en América, en fecha muy pareja a la que lo hiciera López de Arenas (prácticamente simultánea a la impresión de su trabajo), descarta la posibilidad de influencia entre ambos textos (lo que también se confirma en sus lecturas detenidas), con lo que convierte al manuscrito mejicano en pieza complementaria del andaluz.
Además se da la circunstancia -constatable por el relato autobiográfico que incluye el mismo manuscrito-, de que Fray Andrés poco o nada sabía de carpintería cuando llega al nuevo continente, así su conocimiento tiene que provenir de otros textos hoy desconocidos que conservaran en sus archivos los carmelitas, o de la enseñanza recibida directamente de practicantes del oficio en América.
Estas dos realidades presuponen la confirmación de la falta de influencia entre ambos escritos.
Otra circunstancia interesante la proporciona el distinto enfoque que da cada autor a sus escritos, López de Arenas ejerció la profesión de carpintero, dejando obras que aún perduran, y varias de las cuales he podido estudiar personalmente. Su manuscrito es fruto de su experiencia, y como conocedor de la práctica del oficio, dedica su mayor afán a solucionar los problemas concretos que se le presentan al carpintero al realizar sus obras. De ahí su ininteligibilidad por parte de quien intente comprender sus textos sin los conocimientos mínimos de la carpintería de armar, dado que el alarife sevillano se dirige a personas que conocen sobradamente las generalidades de la carpintería. En su manuscrito no hay apenas ningún párrafo divulgador sobre las armaduras o sobre la lacería, tan sólo explica soluciones concretas a problemas concretos de la ejecución de las mismas.
Por el contrario, de la lectura de Fray Andrés deduzco que el fraile carmelita jamás ejerció el oficio de carpintero. Su actividad fue la de un teórico que nos enseña distintas disciplinas, desde las teológicas (con una insólita demostración de la santidad de la Virgen, medida en granos de col), hasta las geométricas, aplicadas tanto a la construcción de relojes de sol, como a mostrar un magnífico tratado de perspectiva, pasando por la arquitectura y la hidrología. Disciplina esta última en la que debió ser máxima autoridad a juzgar por sus actuaciones en la desecación de la laguna de Méjico. Y por supuesto, también abordó el tema que exclusivamente analizo ahora en mi trabajo: la carpintería de lazo. Esta diferencia de enfoque entre ambos tratadistas resulta providencial, ya que los dos manuscritos se complementan y permiten una interpretación más objetiva de las reglas de la carpintería que nos trasmiten. Si bien López de Arenas como práctico en el oficio nos aporta la clave sobre el método que hizo posible la proliferación de techumbres de lacería, Fray Andrés que considera de poco fundamento basar el conocimiento de una disciplina en unas recetas memorísticas, prefiere establecer unas bases más firmes del conocimiento de la disciplina, apoyándose en su dominio de la geometría. Así su texto no sólo aporta una visión complementaria de lo expuesto en las recetas tradicionales que transcribe López de Arenas, sino que indirectamente confirma además su existencia y uso al criticar la conveniencia de su empleo.
Por todo ello, salvo cuestiones de léxico (en las que aún quedan muchas lagunas por aclarar), la existencia de los dos manuscritos proporciona un conocimiento bastante completo sobre la forma de diseñar y ejecutar la carpintería de lazo, y que además he podido confirmar gracias a mi intervención en más de un centenar de armaduras de lacería repartidas por nuestro país, pudiendo analizar pormenores de ejecución de las mismas que normalmente quedan ocultos en la visión cotidiana. Existe un tercer manuscrito sobre carpintería, que corrobora muchas de las conclusiones que se pueden obtener de los dos anteriores, pero que lamentablemente no dedica prácticamente nada al arte de la lacería, y no enriquece la faceta más interesante de nuestra carpintería. Su autor, Rodrigo Alvarez (según Gómez Moreno, aunque yo leo Rodrigo Marco, si bien con dificultad por estar sobreescrito con el nombre de su siguiente poseedor), fue responsable del mantenimiento y conservación de la catedral de Salamanca (sus archivos podrán aclarar esta duda sobre el nombre). Si bien este texto pierde interés respecto a los otros dos manuscritos en el tema de la lacería, es sin embargo mucho más concienzudo en cuanto a la forma de resolver detalles constructivos: especialmente de los estribamentos de las armaduras. También menciona y describe una nueva solución que vio realizar con éxito en Madrid: la de los chapiteles, construcción en madera de cúpulas de crucero con apariencia de cantería, lo que porporcionaba considerable ahorro, no sólo en la construcción de la cúpula, sino en la ligereza de los muros que veían con esta solución favorablemente mermados sus empujes. Nada tiene que ver este tipo de armaduras con los que que hoy conocemos como chapiteles, introducidos por los Austrias, y destinados a remate de torres cuadradas.
Es curiosa la coincidencia total de Rodrigo Marco con López de Arenas en la descripción de las armaduras ataudadas, tanto en texto como en dibujo. Al ser ésta la única coincidencia en ambos manuscritos, en la parte dedicada a la carpintería, me hace pensar que ambos autores recopilaban sus trabajos de fuentes plurales, y probablemente parciales, siendo su principal mérito el de haber reunido y publicado en un solo trabajo la experiencia acumulada por diversos profesionales. Por ejemplo, el dibujo que Rodrigo Marco incluye sobre un chapitel es en todo coincidente con el que Fray Lorenzo de San Nicolás incluye en su Arte y Uso de la Arquitectura, trabajo publicado precisamente en Madrid.
LA CARPINTERIA DE LAZO
Entendido lo expuesto anteriormente, debo confesar que el título que doy a este libro identifica un tipo de carpintería que no sé si alguna vez llegó a llamarse así, pero me decido por él dado que me parece más adecuado que el genérico de carpintería de lo blanco, que incluía también los trabajos de tienda y lo que hoy denominamos carpintería de taller (puertas, ventanas, etc.). Por otra parte considero aún más impropio denominarla carpintería mudéjar, pues aunque no me opongo a admitir que pudo haber carpinteros mudéjares que realizaran este tipo de armaduras, es para mí evidente que no pudieron ser sus progenitores por muchas razones técnicas que no voy a extenderme exponiéndolas aquí.
Dentro de los carpinteros de lo blanco, uno de los mayores grados del oficio correspondía al lacero, para lo que era preciso "... que faga una quadra de lazo lefe con sus pechinas, o aloharias a los rincones; y el que esto fixiere, fará todo lo que toca al lazo... ", lo que presuponía un grado de dificultad realmente importante respecto del grado anterior al que sólo se le exigía la realización de una armadura de limas moamares bien guarnecida.
Tanto el tratado de López de Arenas como el de Fray Andrés dedican gran importancia a la aplicación del lazo a las armaduras, hecho peculiar que distingue a la carpintería de armar española del resto de las europeas (con las que sin embargo tiene muchas afinidades). Es al querer destacar esta realidad singular, por lo que escojo el nombre de Carpintería de Lazo para título de este libro.
Desgraciadamente, es poco conocida nuestra carpintería, incluso entre nuestros compatriotas, y por ello es fácil compreder que se desconozca la cantidad de ingenio que fue preciso desarrollar para convertir tan complejo arte en una práctica fácil de realizar, gracias a una colección de recetas cuyo fundamento pocos llegarían a conocer, pero que memorizadas eran útiles incluso a carpinteros cuyo analfabetismo consta en algún documento. La carpintería de lazo se practicó en España como mínimo desde el siglo XIV, época de la que aún se conservan bastantes ejemplares. Pero me atrevo a suponer que, dada la calidad de las obras conocidas de este tiempo, existieron necesariamente antecedentes incluso en el siglo XIII. En este siglo sitúa Torres Balbás la techumbre de la capilla de Santiago de las Huelgas de Burgos, pero si esto fuera cierto, la calidad y perfección técnica de esta armadura haría retrotraer el origen de la lacería aún más atrás. Sólo un análisis dendrocronológico sistemático de los ejemplares existentes, podrá arrojar luz indiscutible sobre dataciones imprescindibles para establecer la auténtica cronología de nuestra carpintería histórica.
Su gran auge se produjo en los siglos XV y XVI, con obras de rara perfección técnica, y perduró abundantemente aún a lo largo del siglo XVII.
Durante el XVIII se ocultaron muchas armaduras con falsas bóvedas tabicadas o encamonadas. La ejecución de estas últimas con la "traidora complicidad" de los propios carpinteros, que aún realizaron algunas armaduras de lacería. En el siglo XIX, con la tradición ya perdida hubo un intento romántico de recuperarlas coincidiendo con la tercera edición de las Reglas de la Carpintería de López de Arenas, y surgieron ejemplares aislados: los del Palacio Xifré, en el madrileño Paseo del Prado (y hoy parcialmente cerca de Segovia), o el de la quinta de recreo del Marqués de Salamanca en Carabanchel. Todavía en el siglo XX se utilizaron armaduras de lazo como armaduras de cubierta de los pabellones de escalera de los edificios construidos en la Plaza de España para la Exposición Iberoamericana de Sevilla.
Estas techumbres de lazo utilizaban como soporte técnico la armadura de par y nudillo, sistema constructivo de gentes del centro y norte de Europa donde la madera abunda. Este sistema de armaduras genera importantes empujes horizontales en su base que se contrarrestan con un complejo estribamento que requiere casi siempre la ayuda de importantes tirantes. Su límite de utilización práctica se encuentra alrededor de los diez metros de vano cubierto, que se sobrepasa a veces con la solución denominada de cinco paños, consistente en apuntalar los paños normales con nuevos paños inferiores.
Son inicialmente soluciones a dos aguas y pronto amplían el repertorio de tipos posibles al realizar dos nuevas aguas en los testeros, y sobre todo, al incorporar la técnica del lazo a su estructura. Consiste esta innovación en convertir los elementos estructurales en los miembros de una intrincada red geométrica compuesta por cintas que van formando ruedas compuestas por estrellas de diverso número de puntas, en series que comienzan con la estrella de ocho, como solución lógica y sencilla, y terminan con intrincados trazados, éstos a su vez estimulan la multiplicación de los paños de las armaduras convirtiéndolas en complicadas estructuras poliédricas, cuyo control geométrico espacial lo facilitaba pardójicamente la propia trama de la lacería.
El motivo simple de la estrella de ocho acabó convertido en las complejas ruedas de lazo, tal vez por influjo de motivos geométricos orientales (inicial mente selyucidas), y que pudieron llegar a España hacia los siglos XII o XIII. Los carpinteros españoles establecieron una serie de reglas que hacían posible la incorporación de estos motivos a las tramas de maderos paralelos con las que levantaban sus armaduras. Crearon así este arte singular que sólo se desarrolló en nuestra península, si bien armaduras similares también se construyeron en Marruecos por carpinteros generalmente andalusíes, y como consecuencia del descubrimiento, pasaron a América lo que corrobora el testimonio de Fray Andrés.
Se pretendía con estos trazados simular una trama entrelazada, como las que se formarían con juncos o fibras vegetales y que serían de amplio uso en la construcción de la época. Lógicamente la rigidez de la madera, si se quería conseguir ese efecto visual, obligaba a inventar recursos que suplieran la imposibilidad material de entrelazar sus elementos.
Para conseguir este efecto, las maderas habían de simular su paso por encima o por debajo de las que cruzaban imitando cintas de una lacería. El paso por encima se conseguía rebajando una de las maderas y pasando una parte delgada de la otra por encima de la anterior. En ocasiones la cinta que simulaba su paso por encima de otra se componía de dos maderas concurrentes, en cuyo caso una diagonal del cuadrilátero formado por el cruce de ambas maderas servía para definir los cortes de las que simulaban pasar por encima. En ocasiones la madera que simulaba quedar debajo no necesitaba tener continuidad, en cuyo caso bastaba interrumpirla a ambos lados de la que simulaba pasar por encima. Es fácil imaginar la complejidad que podía alcanzar la realización de semejante trabajo, habida cuenta de que, además, los elementos que así se construían eran estructurales y tenían la misión de soportar el peso de la techumbre del edificio.
Para allanar dificultades surgió una solución que se denominó ataujerada, consistente en desligar la traza de lacería de los elementos resistentes de la estructura. La traza se formaba entonces con tablas delgadas que se clavaban en un tablero sotopuesto a los maderos estructurales. Si bien esta técnica representó una simplificación del trabajo, también permitió complicar la interacción entre el diseño de lacería y el desarrollo espacial de la estructura, que así podía extenderse de forma poliédrica según trazas geométricas complejas, formadas por ruedas de lazo entrelazadas de acuerdo con estrictas leyes que regulaban este arte.
Todo lo que voy exponiendo creo que hace imaginar un complejo trabajo realizable tan sólo por una mente excepcional capaz de controlar tanto la geometría como la carpintería, amén de disponer de una rara capacidad creativa. Lo realmente sorprendente es la existencia de unas simples reglas que permitían controlar con gran sencillez todos los pasos necesarios para salir airosos en tan comprometida tarea. Pero mejor que seguir intentando explicar con frases confusas, un fenómeno tan peculiar, dejo al lector con el manuscrito de Fray Andrés y mi interpretación dibujada, con la que intento aclarar los textos del fraile carmelita.
La ingeniosa solución de este problema que hoy consideraríamos imposible de resolver sin una buena colección de planos (muchos de ellos con detalles a tamaño natural), nos la proporcionan estos dos manuscritos que recogen los conocimientos imprescindibles de los carpinteros de la época con los que era posible resolver semejante prodigio técnico.