Manuel Nieto Cumplido
La planimetría y el dibujo han trabajado durante siglos a favor de la antigua Mezquita de Córdoba, hoy, desde hace 773 años, Catedral de Córdoba y su diócesis. Planos y dibujos han servido, desde 1567 con Antonio van den Wyngaerde, como medio de transmisión de la magnitud y belleza del monumento y su iconografía, sobre todo romántica, anterior a la fotografía, recorrió el mundo occidental. Grandes dibujantes como Juan de Villanueva, Pedro Arnal, David Roberts, R. Arredondo, Agustín Ortiz de Villajos, Leandro Serrallac, D. P. Pumareda, Thomas o Francisco Javier Parcerisa, por citar sólo algunos, transmitieron excelentes imágenes que hicieron soñar a los que nunca habían visitado y visto este espectacular edificio. El turismo era entonces patrimonio de personas selectas y pudientes. El dibujo, en el que el autor pone su alma y su inspiración, su intensidad espiritual y su vida, transmite sentimientos y vivencias íntimas que nunca pudieron alcanzar el cartabón y el compás.
La planimetría, sometida a un largo proceso de incubación, desde los primeros planos de planta como los de Antonio Ponz (1791), lames Cavanagh Murphy, Juan de Villanueva, M. López Sánchez y E Pérez Baquero, hasta llegar a la pulcritud, ciencia, técnica y exactitud matemática y geométrica de Félix Hernández Giménez y Christian Ewert (1968), desde plantas y secciones a alzados de fachadas e interiores, ha servido en gran medida, desde 1741, para el estudio científico de esta antigua Mezquita y para su comparación con otros monumentos coetáneos o más antiguos. El dibujo técnico ha dejado atrás el romanticismo de los viajeros ingleses o franceses, y, en su frialdad, como si no tuviera alma, ha permitido indagar sin embargo con más exactitud en la inspiración de sus creadores y en la calidad de sus constructores, fueran hispanoromanos, visigodos, sirios, eunucos eslavos cristianos después arabizados, bizantinos transmisores de la arquitectura del emperador Justiniano o castellanos. La planimetría ha permitido descubrir y distinguir sus distintos espacios y las culturas del mundo mediterráneo de donde procede el cúmulo de bellezas y primores que encierra su inmenso ámbito y sus formas cautivadoras. Las técnicas de construcción, el grosor de sus muros, la amplitud exacta de su espacio en sus diversas etapas, las dimensiones y ordenación del helenizante patio ajardinado, las características de la trama urbana en que se halla inserta esta maravilla del mundo, que, según un escritor cordobés del siglo XV, era -y sigue siendo, añado- «gloria de España, señal distintiva del honor de Córdoba, ínclita sede de su obispo y monumento por el que lloraron con amargas lágrimas los que abandonaron la ciudad y sus muros» en la calurosa tarde de aquel 29 de junio de 1236.
Pero, además de ayudar al estudio, la planimetría, desde su origen, tiene la finalidad de ordenar y poner en acto la creación de un monumento como éste, de salvaguardarlo en su esencia y de servir como instrumento para su conservación, porque todavía, al cabo de doce siglos, es un edificio vivo que se comporta como tal con las enfermedades propias de la vetustez. Contar siempre con el diagnóstico acertado en caso de tener que intervenir en el monumento, el más singular de España, dirige el ánimo a contar con los instrumentos, en este caso los planos, y también, como se lamentaba Félix Hernández en su tiempo porque no disponía de ellas, con las fuentes escritas históricas que hablan de aciertos y desventuras, de intervenciones desgraciadas y de soluciones aportadas con tino y pulcritud.
A esta insigne cadena de arquitectos que tanto hicieron a favor del monumento como arquitectos-conservadores -Ricardo Velázquez Bosco, Antonio Flórez, Félix Hernández y Rafael Manzano- o como arquitectos inmersos en la llamada arqueología medieval como Christian Ewert y los miembros del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, que tan estrecha colaboración tuvieron y mantienen con la Catedral de Córdoba como Francine Giese-Vögeli recientemente, se unió en 1980 Gabriel Ruiz Cabrero por encargo, en un principio, del Ministerio de Cultura. Comenzó entonces una colaboración personal entre nosotros que ha durado ya casi treinta años -a veces hemos disentido- y nos ha unido cada vez más en la ordenación y maneras de las intervenciones, iluminadas con la sensibilidad de Antón Capitel aunque él no lo sospeche, en la historia que acompaña a los diversos espacios y formas, en el descubrimiento, que subyace a la obra material, del mundo o de los mundos originarios donde bebieron los creadores de este edificio, para muchos, «paraíso perdido», según apreciación de Alejandro Marcos Pous.
La obra que el estudioso, el investigador o el simplemente interesado en su conocimiento y admiración tiene en sus manos, añade la modernidad al pasado y a la arquitectura de la antigua Mezquita de Córdoba al realizar y ofrecer, por encargo del Cabildo de la Catedral a propuesta de su autor, una planimetría digitalizada en la que se presentan los alzados de sus cuatro fachadas, el alzado meridional del Patio de los Naranjos, el alzado de la fachada de la sala de oración al patio, y planta general, planta de cubiertas, la Catedral y su trama urbanística cercana en planta y en cubiertas y las secciones este-oeste del vestíbulo del mihrab, norte-sur por los pies del crucero, este-oeste por el eje del crucero, y norte-sur por el eje del crucero.
No quisiera concluir sin felicitar también al autor por el ensayo que precede a los planos, redactado en línea con el camino abierto a sugeridoras interpretaciones que con maestría abrió hace años Fernando Chueca, culminación de los análisis del monumento, de sus estructuras y formas que ahora están permitiendo la llegada a síntesis que se proyectan sobre el ser y el estar de este monumento único.