Las justas aspiraciones, individuales y colectivas, por alcanzar un entorno vital de mayor calidad han llevado, en los últimos tiempos, el tema de la planificación urbana a un profundo debate, no exento de polémica y contradicciones, fruto del reducido margen de maniobra en espacios ya urbanizados y de la confluencia de intereses divergentes.
Dentro del urbanismo, el equipamiento constituye uno de los apartados más expuestos a controversia, por el hecho de no estar sujeto a normas rígidas y exigírsele un resultado tangible en la calidad del hábitat.
El equipamiento debe dar cumplida respuesta a las necesidades tanto funcionales como formales del espacio urbano, con el objetivo último de contribuir a la creación de una imagen de la entera ciudad. En este sentido, el mobiliario, entendido como conjunto de materiales y objetos al servicio de la señalización, la funcionalidad o la utilidad y la decoración, es el capítulo más visual cuando no útil del equipamiento y lo que más aporta a la conformación de esa imagen urbana. Pero también puede erigirse en elemento de estímulo para asignar nuevas funciones a un determinado espacio ya urbanizado.
Si el mobiliario está formado básicamente por recubrimientos, señalizaciones, objetos utilitarios y programas decorativos sobre diferentes soportes, nos podemos preguntar qué papel juega la cerámica en el hábitat contemporáneo.
Creemos dar cumplida respuesta a esta pregunta con la presentación de la obra de un grupo de ceramistas y artistas, de diversa trayectoria profesional en el seno de dos culturas diferenciadas pero con una voluntad común de vindicar la intervención de las artes plásticas en general y la cerámica en particular en la arquitectura y el equipamiento urbanos.
Pero aún en la diferenciación cultural, los Países Bajos y España han vivido una trayectoria cerámica singular y, en ciertos aspectos, paralela.
Lejos del tópico de asociar la arquitectura neerlandesa con el barro cocido, los Países Bajos incorporan y difunden el uso de la cerámica vidriada en el hogar ya a fines del siglo XVI, en una época en que aquélla es patrimonio del palacio y del templo en sus aplicaciones más suntuarias. Un siglo después, la cerámica arquitectónica neerlandesa irradiará al resto de Europa con un repertorio propio, una producción estandarizada y una evolución positiva, solamente eclipsada por las manufacturas protoindustriales y seriadas, inglesas y centroeuropeas. A fines del XIX, la influencia cruzada del Jugendstil centroeuropeo y el Art Nouveau propiciarán la reconsideración del papel de las artes plásticas en el proyecto arquitectónico, con altibajos en su valoración hasta nuestros días.
Partiendo del hecho de que la cerámica vidriada entrará en Europa a través de la islamización de la Península Ibérica, España vivirá una situación privilegiada por lo que concierne a la incorporación de este material al proyecto arquitectónico. Con una trayectoria de siglos, la cultura hispanomusulmana, incluso bajo dominio cristiano, generará el arte mudéjar, con una significada intervención cerámica en el hábitat como hito visual, elemento funcional y también como mobiliario. Este fenómeno singular, que en el siglo XV se exportará a las cortes europeas, vivirá un segundo renacimiento en los albores del siglo XX, con múltiples versiones -Regionalismo andaluz, Modernismo catalán y arquitectura popular valenciana- que evidencian la riqueza patrimonial de aquella arquitectura y el enraizamiento en la cultura de este pueblo.
La cerámica vidriada inicia su contribución cromática y textural en la epidermis de la arquitectura mediante elementos modulares como la teja o la baldosa; asume prontamente programas funcionales y decorativos en interiores y extiende, por último, su uso al mobiliario.
Pero este lenguaje cerámico no murió con las corrientes higienistas y los diferentes historicismos de fines del XIX, ni tampoco pudo ser desterrado por el Racionalismo y la construción industrializada, ni se ha convertido en un tema exclusivo de rehabili-tación de centros históricos. Pocos materiales como la cerámica, salida de la tierra, el fuego y la espiritualidad del ser humano, pueden aportar tanta belleza plástica, cromática y textural a nuestro entorno cotidiano. Por todo esto y mucho más, la cerámica es una posibilidad real en la proyección urbana de nuestros días.
Con sus tonos grises, el ruido y la contaminación, la ciudad se ha convertido en lugar de tránsito en contraposición a foro de convivencia. La cerámica no sólo puede seducir al viandante sino también contribuir a la asignación de nuevas funciones a espacios degradados.
Su capacidad de seducción y su contribución al arte de revestir arquitecturas quedará sobradamente ejemplificada con las aportaciones presentadas en esta exposición, obras por otra parte de ceramistas y artistas plásticos de proyeción internacional. Sin embargo, las instituciones organizadoras desean manifestar que la aislada iniciativa de los artistas no alcanzará su difusión y deseable proyección social si no va acompañada de lo voluntad de la Administración Pública de fomentar el uso de la cerámica en el equipamiento urbano y si se cuenta también con el respaldo de la artesanía y la industria cerámicas, únicos colectivos capaces de materializar productos de fabricación en serie, con unos niveles de calidad adecuados para su utilización.